Una persona conocida, con poder, en el camino de su vida ha descubierto que lo más grande en una persona es la humildad, la sencillez. Incluso acepta la idea de "ser insignificante".
No es fácil. Tampoco es una utipía, algo que es "bonito", pero irrealizable. Es posible. Sin embargo, hay personas --más de las que imaginamos- que intentan recorrer ese camino. Es más, lo recorren sin darse cuenta. ¡¡ De ahí su valor !!.
Estas lineas son un intento de reafirmación personal en la perseverancia y en el intento de vivir en la sencillez y humildad.
No es fácil, por dos motivos: el primero, porque instintivamente la soberbia quiere que el yo crezca más y más. Algunos no quieren oir hablar del pecado de la "soberbia"; de esa tendencia instintiva a que crezca el YO: que yo sea el primero; que yo sea el mejor, que tenga más poder. Esto --me parece-- está en todos o casi todos los seres humanos. Y segundo, evidente, todo lo que nos rodea es una invitación a tener lo mejor, a tener más, a ser el más rico: personas, lugares, instituciones. El deporte es una lucha por llegar el 1º.
El hecho divulgado de una carrera de minusválidos, en la cual un muchacho disminuido se cae y todos dejan de correr, le ayudan y llegan todos juntos dandose la mano a la meta, es algo impensable en la fórmula 1, en las competiciones de toda índole.
Sin embargo el valor y la grandeza de ser "insignificante", de ser humilde. Hay infinidad de cosas insignificante que tienen un valor indiscutible: una célula sana.
Ser célula sana, ser insignificante en nuestro mundo lleno de ostentación es un valor de consecuencia inimaginables. El Evangelio nos habla del grano de mostaza, de la semilla insignificante, pero que llega a ser árbol frondoso. Pienso en muchas madres.
Sólo lo insignificante puede ser grande. ¡¡ Qué peligro lo que está hinchado !!.
Guillermo Santomé. Dominico
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario